Triste Paseo/Antonio Caba/ Jesús Ortega

Domingo 24 de enero de 2010
por  antoniocaba
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Autor Paisaje Sonoro: ANTONIO CABA.


Título Paisaje: Triste Paseo.

Ficha Técnica:Los sonidos que aparecen en este paisaje son los siguientes; Sonido del Río Darro a su paso por el Puente Cabrera, el Requiem de Gabriel Fauré (Agnus Dei), Maquina de Escribir, y un cubito de hielo sobre un vaso. Estos dos últimos provienen del Banco de Sonidos de Instituto Superior de Formación y Recursos en Red para el profesorado de Ministerio de Educación, Política Social y Deporte.



Autor Texto: JESÚS ORTEGA.


Título: Venganza del Amor


Jesús ORTEGA (Melilla, 1968) es licenciado en Filología Hispánica por la UGR y Máster en Gestión Cultural por las universidades de Sevilla y Granada. Coordina desde 1997 las actividades culturales del Patronato Municipal Huerta de San Vicente, Casa-Museo Federico García Lorca. Profesor en diversos talleres de escritura, un relato suyo está incluido en Nuevos relatos para leer en el autobús (2009) y es autor del libro de cuentos El clavo en la pared (2007).


VENGANZA DEL AMOR

ÉL SE ASUSTÓ CUANDO A ELLA empezaron a sudarle las manos una tarde en que se besaban en el cine. Le pareció una locura que lo esperase de madrugada a la puerta de su casa, soportando la humillación de verlo venir riéndose y abrazado a otras que no significaban nada. Le incomodaba que se hiciera la encontradiza en los bares, que le montara escenas de celos que espantaban a sus amigos. Casi la despreció cuando ella se arrodilló en mitad de la calle –los coches pitando detrás, divertidos o indignados–, jurándole amor eterno (y lo hizo muchas veces, hasta la extenuación). Cuando él dejó de tenerle miedo y le dio el sí, entre curioso y halagado, ella se echaba a llorar cada vez que hacían el amor, lo que a todas luces le parecía excesivo. Aunque se fueron a vivir juntos, él seguía contemplando con distancia e ironía sus manifestaciones de pasión, y no dejaba escapar la oportunidad de martirizarla con algún sarcasmo. Pasó el tiempo, ella continuó soportando sus puntillosos análisis, hasta que de pronto, cansada o convencida, empezó a aceptar la lógica de él, a hacer suyo aquel razonable discurso sobre la ambigüedad de los sentimientos y sobre esa suma de intereses –decía– que llaman amor. De modo que terminó sus estudios, encontró un trabajo y eligió su propio círculo de amistades, mientras él iba volviéndose hogareño y arisco y se la quedaba mirando en silencio, presa de una extraña ternura, y no había fin de semana en que no le escondiera por algún rincón de la casa alguna sorpresa, algún regalo, algún detalle (él, que nunca hacía esas cosas). Un día ella le anunció que se marchaba de viaje con unos compañeros del trabajo; que le apetecía, sin más, y que él no debía poner ningún impedimento. Otro día se marchó de casa sin darle un beso; al siguiente lo recibió con una mirada distraída. El amor de él se inflamaba con cada nueva manifestación de desapego, y aunque al principio, por abnegación y orgullo, se mantenía callado, poco a poco empezó a recitar letanías de quejas que a ella le parecían francamente fastidiosas. Ella se alejaba, y él, enamorado como un colegial, acudía a espiarla en secreto a la salida del trabajo. Una noche le dijo llorando que la amaba desesperadamente y ella se echó a reír con una mueca descreída. A la mañana siguiente le dibujó un corazón y un te quiero en el espejo del cuarto de baño con la sangre que le manaba del dedo rebanado, y cuando ella lo miró con asco y miedo y desprecio, él pensó, con el cuchillo todavía en la mano, que el cielo en un infierno cabe, y que aquel sufrimiento era bien poca cosa comparado con la intensidad de su amor. Y sonrió como un loco.







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