Sonanta/Cristina Gálvez/Manuel Miguel Mateo

Viernes 22 de enero de 2010
por  antoniocaba
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Autor Paisaje Sonoro: MANUEL MIGUEL MATEO


Título Paisaje: Sonanta.

Ficha Técnica: Sonidos grabados durante los meses de noviembre de 2008 y abril de 2009 en el taller del luthier granadino Daniel Gil de Avalle. Son sonidos procedentes del trabajo de cepillado, acuchillado y pegado de maderas para la fabricación de una guitarra flamenca. La prueba final de dicha guitarra la realiza el guitarrista granadino Luis Mariano.



Autora Texto: CRISTINA GÁLVEZ


Título: Taller de grandes sueños y otros artículos.


Cristina Gálvez nació en Melilla en 1978 y es licenciada en Antropología Social por la Universidad de Granada. Ha publicado el libro de relatos “Afinidades” (Ed. Traspiés, 2002) y cuentos suyos han sido incluidos en las antologías “Cuentos del alambre” (Ed. Traspiés, 2004). “Relatos para leer en el autobús” (Cuadernos del Vigía, 2005) y “Cuento vivo de Andalucía” (Universidad de Guadalajara, México, 2006). Recientemente ha publicado su segundo libro de relatos, “Monstruos cotidianos” (Traspiés, 2008).


TALLER DE GRANDES SUEÑOS Y OTROS ARTÍCULOS

El taller huele a barniz y a orín de gato. En sus estanterías se alinean inverosímiles objetos con etiquetas color vainilla en las que puede leerse “Éxtasis místico”, “Cura milagrosa”, “Pérdida de peso” o “Conquista de Polonia”, entre otros.

El artesano, absorto, sierra, lija y ensambla los últimos grandes sueños de la temporada, preocupado porque una vez más los encargos se le acumulan y porque con tanto ajetreo se olvidó de hacer el pago trimestral a Hacienda y sabe que luego tendrá problemas, cartas, sermones administrativos que algún funcionario con alma de pastor protestante se sentirá orgulloso de poderle brindar. Como siempre, se le hace tarde y el trabajo es laborioso, demasiado delicado para dejarlo al aprendiz: media docena de pedidos de poetas y primeros ministros, y otros tantos repartidos entre criadas, científicos y esquizofrénicos, que en esta época se convierten en uno de los mejores clientes.

Imprecisa, vagamente arbórea, la bestia dormita con inquietud en el rincón más oscuro de la sala, junto a los armarios de las herramientas con las que se entretiene en sus ratos de ocio. Inmune a sus amonestaciones, cada cierto tiempo el animalito revienta las puertas metálicas con un alegre coletazo, desmenuzando a suaves bocados las brochas, retorciendo berbiquíes y engullendo entre suspiros de placer los papeles de lijar de grano fino. El artesano, que ya es mayor y no tiene ganas de educar a nadie, se ha resignado a dejarla hacer y, como única solución se conforma con introducir un margen de costes adicionales en las facturas que cobra a sus clientes.

Pero a pesar de los destrozos del bicho, de sus rabietas y los desmanes del aprendiz, en el fondo, no puede negarlo, disfruta como un loco de su trabajo. Piensa en todo esto, claro está, sin dejar de martillear ni de pulir, sus movimientos acompasados a la respiración del animal a fuerza de años de repetición y destreza. La bestia se agita un instante como para hacerse notar, entreabre apenas un ojo y sigue luego roncando con su silbido de locomotora. Sabe que aún es pronto.

Más tarde, cuando el artesano haya pulido hasta el último detalle de las piezas soñadas, ella se dignará a despertar, alzará por fin la mole vegetal de su cuerpo y hará su parte del trabajo, la más importante, destrozando los objetos uno por uno antes de que sean entregados definitivamente a sus dueños.

El artesano suspira. Todavía le queda una larga noche por delante.







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