Pasos Perdidos/Jesús Ortega/Santiago Pérez Soriano

Viernes 22 de enero de 2010
por  antoniocaba
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Autor Paisaje Sonoro: SANTIAGO PÉREZ.


Título Paisaje: Pasos Perdidos.

Ficha Técnica: Sonidos procedentes de la grabación realizada en la granadina Plaza de Santa Ana en el invierno de 2008, junto al Pilar del Toro . La muestra de sonido en directo recoge el juego de unos niños junto al Pilar y músicos callejeros al fondo tocando a la altura de la Carrera del Darro. Las campanas que se oyen proceden de la Iglesia granadina de San Pedro y San Pablo. Los pasos y la sirena del vehículo han sido obtenidos del Banco de Sonidos e Imágenes del Instituto Superior de Formación y Recursos en Red para el Profesorado del Ministerio de Educación, Política Social y Deporte.



Autor Texto: JESÚS ORTEGA.


Título: La Despedida


Jesús ORTEGA (Melilla, 1968) es licenciado en Filología Hispánica por la UGR y Máster en Gestión Cultural por las universidades de Sevilla y Granada. Coordina desde 1997 las actividades culturales del Patronato Municipal Huerta de San Vicente, Casa-Museo Federico García Lorca. Profesor en diversos talleres de escritura, un relato suyo está incluido en Nuevos relatos para leer en el autobús (2009) y es autor del libro de cuentos El clavo en la pared (2007).


LA DESPEDIDA

LO FUIMOS A ACOMPAÑAR ayer por la tarde al autobús que lo llevaría a Lourdes. Quería ir con una sola camisa, una camisa de franela impropia para el verano, y su maleta era de las antiguas, de las que no tenían ruedas y se abrochaban con un cinturón. En vano buscamos por toda la casa otra maleta. Mercedes le dio un desodorante y le explicó cómo se usaba. Pero ya no teníamos tiempo de regresar a casa para traer una maleta con ruedas. Volví a sentirme culpable de no cuidar a mi padre; pensé en el viejo pobretón abandonado a su suerte por los atareados e ingratos hijos. “No te pongas dramático”, dijo Mercedes. De todas formas es imposible que mi padre deje de parecer un mendigo allá donde vaya, en las tiendas, en el médico, en la parada del autobús. Habría que cambiarlo por entero y convertirlo en otra persona, no servirían afeites parciales ni soluciones de emergencia. Solo había que mirar el aspecto del salchichón y los plátanos que había echado como comida en la bolsa de mano. Volví a sentirme culpable de no haber dedicado al viaje de mi padre más de una hora y media de mi vida.
Al llegar al autobús empezó a caracolear nerviosamente entre los cristianos que se amontonaban junto al portamaletas. Estaba muy excitado y buscaba gente a la que saludar, pero nadie parecía hacerle caso. Había jóvenes, familias, mujeres y hombres solos. Se los veía integrados en las alegres conversaciones, todos tenían un grupo cercano con el que hablar. Mujeres con capacidad de mando organizaban la logística. Eran las mismas que te asaltan en la calle alcancía en mano para pedirte una ayuda contra el cáncer. Y minusválidos de todas clases que se agolpaban junto al segundo autobús (con ellos iría el capellán, para disgusto de mi padre, que iba en el de los peregrinos sanos). Mi padre nos presentó con orgullo a varios compañeros de viaje, todos gente mayor, que saludaron rápidamente y siguieron a lo suyo y con los suyos. “Mi hijo, mi nuera”, decía. El único que trabó conversación con nosotros y que incluso buscaba la compañía de mi padre era un hombre de edad mediana, gordo, feo, con gafas de culo de vaso, ligeramente retrasado y gangoso: Manolo. Me dio la impresión de que mi padre se sentía cómodo con él, no hostilizado. Se sentía superior. Mientras Manolo cruzaba la calle para buscar una botella de agua, pasó a nuestro lado una de las mujeronas de la organización, y como mi padre le hiciera señales de saludo la mujer se detuvo un momento, alzó una mano y dijo con su vozarrón de brigada: “¡Qué pasa, Manolo!”. A lo que mi padre respondió: “No, no, yo soy Bernardo”. “Ah, es verdad, Manolo es el otro”, dijo rápidamente la mujer, y se escabulló sin mirarlo.
Le lancé a la gobernanta una mirada asesina y rodee los hombros de mi padre con mi brazo protector. Más tarde, cuando todo el mundo empezó a subir para tomar asiento y ya se agitaban las primeras manos de despedida, vimos a través del denso y opaco cristal del autobús a Manolo sentado junto a mi padre, y nos preguntamos si se habían buscado por afinidad o si había sido la organización la que decidiera juntarlos. Agitamos las manos; el autobús echó a rodar, mis lágrimas también. "No te pongas melodramático". Mercedes me rodeó los hombros con su brazo protector. "Vamos", dijo.







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