Atardecer/Isabel Mellado/Gerhard Illi

Martes 19 de enero de 2010
por  antoniocaba
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Autor Paisaje Sonoro: GERHARD ILLI.


Ficha Técnica: Grabación realizada por el autor en mayo de 2009, en la localidad onubense de Castaño del Robledo, exactamente junto a la denominada Iglesia inacabada. .



Autor Texto: ISABEL MELLADO.


Título: Varios textos


Isabel Mellado nació en Santiago de Chile y es violinista. Escribe desde que era pequeña, incentivada por su padre poeta. En 1990 obtuvo la beca "Karajan“ para perfeccionarse en Berlín. Una vez finalizados sus estudios permaneció en Alemania trabajando en diversas orquestas.
Desde hace tres años vive y trabaja entre Granada y Berlín.


Con vistas a ti

Hoy mi espejo se puso furioso porque llegué tarde a la cita matutina.
Cuando salí de la ducha estaba empañado, su única manera de cerrar los párpados y hacerme un desdeño. A él sin duda le corre más sangre que a mí por las venas. Desde que Teresa me dejó, a mí la sangre, más que correr, me camina. Cuando lo compré, el anticuario me preguntó: ¿Espejo de mujer o de hombre? De hombre, casi siempre de hombre, le respondí tensando la mandíbula.
¿Y para cuántos?
Creo que se está apegando demasiado a mí, y como me sobrevivirá he estado averiguando seguros de vida y asilo para espejos. Espero que no me suceda otro, ya hemos sido suficientes. Quiero, al morir, mudarme a su vastedad y cerrar la puerta tras de mí. Él está de acuerdo.
Cada cierto tiempo se pone tétrico y huele a charco podrido. Entonces lo empaco en el auto y lo llevo a la playa para que frente al mar, las imágenes se diluyan y se le amanse un poco la memoria.
Hay días en que no sé qué hacer con él, es impredecible. Cuando espero ver mi réplica, resulta que a él no le basta, se cree un artista, un esteta, y me planta un bigote tupido, un lunar, o se acelera y me devuelve ya canoso, o aún peor, le vienen sus ínfulas de prisma y me desmantela cromáticamente. Demoro horas en fijar mis colores y redefinir contornos para salir con decoro a la calle.
Los domingos tiene día libre y no funciona. No me atrevo a mirar dentro, por respeto a su privacidad, claro, pero más que nada por miedo. Para esos casos cuelgo un cucharón en cuyo reflejo me afeito.
Cuando vuelvo a casa, cavernoso de tiempo, escalfado de traje, es cuando más me reconforta sumergirme en él. El celofán de su piel es límpido, crujiente de ahora, una segunda oportunidad. El se suma a mí, me completa.
Quisiera saber qué hace cuando no lo veo, dónde desemboca. Sospecho que en mis sueños.
A veces pienso que más que reflejarme, se vacía en mí, se hunde en mi carne: para sentir, me suplanta. Entonces me da terror, ganas de acuchillarlo, de hacerlo sufrir de a poquito, pero no lo hago. La mitad de mí ya es suya, la mitad de él ya es mía. Quiero envejecer con él, conmigo, con todas las posibilidades que sugiere o me impone. Es él el que evoluciona y me reinventa. Yo soy el que envejece, él el que trasciende y me arrastra.

Me enamoré de un pez


Me enamoré de un pez y me lo llevé a un hotel de cinco estrellas. En el transcurso de la noche, cuando por fin logramos consumar nuestro amor (era muy escurridizo), descubrí que no era virgen. Decidí pasarlo por alto a sabiendas de lo mal mirado que estaba eso en el pueblo. Mucho más me costó ignorar sus ojos, blancos aún horas después del orgasmo. Esto al principio aduló mis artes amatorias, pero luego con su rigidez, su parquedad, su sangre fría y el no querer intercambiar después de tanta intimidad algunas frases tiernas, o al menos un cigarrillo, caí en la cuenta de que lo nuestro quedaría en una historia de sábanas y escamas.

De acá para allá


Va de acá para allá. Se esfuerza. Llena formularios, llena el tostador de pan, llena espejos. De vez en cuando llora y se supone vivo. Aprovecha para cortar las uñas de sus manos y las uñas de sus pies. O al revés.
Ata las noche con los días. A veces la noche con la noche, mas todo continua áspero. Ahoga de rabia el azúcar en el café, el patito en la bañera.
Y algunas mañanas, aunque sólo su cinturón lo abrace, saca fuerzas y sirve incluso para llenar el bus y para abrir nueces y latas de sonrisas. Pero eso es todo lo que hay. De acá para allá, y al revés.


E.Mail


Dos y tres son cinco, y más cinco diez… Si me dieras un besito, once. Qué asco me doy.
Intento utilizar mi hemisferio derecho, el racional, el de toda la vida, pero mis cerebelos se comportan como riñones de cordero. Y de dormir ni hablar. Frente al portatil siento que llegó la hora de la verdad. Te escribo este mail porque debo confesarte algo horrible: Sí, ya sé que soy patética pero es que esto se me fue de las manos.
Me persigue tu olor a jefe de sección y tu mirada entre que yo no fui y mírame que soy yo y ningún otro. Ese silencio nuestro, mezcla de por los siglos de los siglos y si te he visto no me acuerdo. Quién iba a pensar que pese a tu peroné famélico y tus cinco pelos mal distribuidos, estaría yo así, lo que se dice calada hasta el tuétano. Igualita que las tontuelas de las películas, y lo que es imperdonable, desde las más Hollywoodienses hasta Werner Herzog pasando por “Nueve semanas y media” y “El Rey León”.
Mi sentimiento hacia ti ya es políglota, si no me cuido pronto también será en braille. En los días fríos ich liebe dich y los sábados por la noche i love you. Es lo que hay.
Contéstame pronto. Por favor dime que se me fue la chancleta. Ten presente que estoy bien arrugada y tengo un lunar con pelos. Acuérdate de mi mala leche, de mis dientes amarillos. Me fío de ti, no me falles. Extírpame de un zarpazo este sentir viscoso.
Aunque sea el peor de todos mis errores, alzo mi Macintosh para escribirte clarito lo que nunca antes he dicho: Te amo, hijo de puta. Sí, que je táime, ti voglio bene, incluso te quiero que es lo que más me atormenta.







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