Atardecer/Ginés S.Cutillas/Gerhard Illi

Martes 19 de enero de 2010
por  antoniocaba
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Autor Paisaje Sonoro: Gerhard Illi.


Ficha Técnica : Grabación realizada por el autor en mayo de 2009, en la localidad onubense de Castaño del Robledo, exactamente junto a la denominada Iglesia inacabada.



Autor Texto: GINES S.CUTILLAS.


Título: Varios Textos


Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973) es autor del libro de cuentos La biblioteca de la vida (Fundación Drac, 2007) y aparece en varías antologías de relatos y microrrelatos como Ficción Sur (Traspiés, 2008) o A contrarreloj II (Hipálage, 2008).
Está a punto de publicar su primera novela La sociedad del duelo y su primer libro de microrrelatos en 2009 en la editorial Cuadernos del Vigía con el título Un koala en el armario.
Entre sus galardones se encuentran el II Premio Internacional de Minicuento El Dinosaurio 2007 (Feria del libro de La Habana), la V edición del concurso de microrrelatos de la feria del libro de Granada 2006, la VI edición del concurso de relatos de la Fundación Drac 2007, la I edición del concurso internacional de microrrelatos Literatura Comprimida 2006 y el Primer accésit al XV Premio Internacional de Relato Hiperbreve Círculo Cultural Faroni 2007.
Colaborador en revistas literarias como ´El oteador de los nuevos tiempos´, ´Prometheus´, ’Spejismos’, ’En sentido figurado’ o ’Papeles de humo’ y crítico literario en ‘La Opinión de Granada’.



Notas falsas

Eligió la melodía con cuidado. Debía ser lo suficientemente pegadiza e inusual. Al día siguiente, en la oficina, se pasó toda la mañana silbándola al oído de su compañero.


Cuando por la noche llegó su mujer a casa tarareándola, se confirmaron sus sospechas.



Nota de despedida encontrada en la puerta de la nevera

El reloj se clavó a las 3:45 la noche que murió mi padre. Se volvió a parar el día que me despidieron (11:05 de la mañana); la noche que me abandonó mi primera mujer (2:40 de la madrugada) y el día que sufrí el accidente de tráfico (7:45 de la tarde).


Cada vez que me sucede una desgracia, las varitas se detienen por unos días en el momento exacto en que acontece.


Pero es ahora, desde que estoy contigo, que el reloj ha comenzado a marchar hacia atrás.



Matrimonio

Intentaron una vez más la postura del monje, aquella que tan locos les había vuelto meses atrás. Probaron nuevas cremas con sabores inverosímiles, juguetes sexuales difíciles de encontrar, incluso se insinuó invitar a alguien más. Ninguno de los dos quiso reconocer que la magia se había acabado.


Ya en sus respectivos coches respiraron aliviados y se excitaron sólo de pensar en quien les esperaba en casa.


Amor escamado

Me enamoré de un pez. Lo primero en lo que me fijé fue en esa sensualidad al contonearse bajo el agua, en esa forma de lanzarme besos parapetado detrás de su escudo de cristal. Un día no pude resistir la tentación y lo saqué de la pecera para llevármelo a la playa, a un hotel de cinco estrellas. Por deferencia a él pedimos carne para cenar pero ya para entonces comenzaba a comportarse de forma extraña. Los besos lanzados al aire habían menguado en frecuencia y el brillo de sus ojos –acompañados del de su piel- se iba apagando poco a poco. No me importó. Lo subí a la habitación e hicimos el amor toda la noche. Al amanecer entendí eso que dicen, de que el sexo tiene sabor salado, como a mar. Cuando volví de la ducha allí estaba, tan dormidito que me dio pena despertarlo. De hecho no despertó nunca más, pero tampoco me importó. Al fin y al cabo nunca habíamos mantenido ninguna conversación interesante, así que podía soportar su silencio. Y bien pensado también tenía su parte buena. Jamás se quejó del destino de los viajes siguientes. Fuimos felices, la verdad, pero el amor se gasta de tanto usarlo y un buen día dejé de mirarlo con ojos de enamorado. Hacía tiempo que olía mal y sus besos se habían extinguido, por no hablar de aquellos endiablados contoneos que me habían vuelto loco. Decidí dejarlo en el mismo sitio donde lo encontré, en su pecera, donde sabía que sería bienvenido por sus compañeros. Y no me equivoqué. Fue dejarlo caer en el agua y todos se abalanzaron sobre él con tanta alegría que parecían morderle y todo. Me alejé de allí emocionado, con lágrimas en los ojos, seguro de haber hecho lo correcto.







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