Atardecer/Cristina García/Gerhard Illi

Martes 19 de enero de 2010
por  antoniocaba
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Autor Paisaje Sonoro: Gerhard Illi.


Ficha Técnica:Grabación realizada por el autor en mayo de 2009, en la localidad onubense de Castaño del Robledo, exactamente junto a la denominada Iglesia inacabada.



Autor Texto: Cristina García.


Título: Atardecer Nuclear


Cristina García Morales nació en Granada en 1985. Es autora del libro de relatos La merienda de las niñas (Cuadernos del Vigía, 2008). Sus cuentos han aparecido en la colección Nuevos relatos para leer en el autobús (Cuadernos del Vigía, 2009), en las antologías Cuento vivo de Andalucía (Universidad de Guadalajara, Méjico, 2006) y Ficción Sur: Antología de cuentistas andaluces (Traspiés, 2008), así como en la revistas literarias Batarro: Microrrelato en Andalucía (2007) y Zut (Noviembre de 2007). En el curso 2007-2008 disfrutó de una beca como residente en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba). En 2002 ganó el I Certamen Andaluz de Escritores Noveles en la modalidad de relato, y en 2006 repite con el mismo galardón en el mismo concurso, pero esta vez en la modalidad de novela corta. Ha trabajado como dramaturga para el Aula de Teatro de la Universidad de Granada y para Eutopía, Festival de Jóvenes Creadores (Córdoba, 2008). Estudia Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Granada.


ATARDECER NUCLEAR

La camarera puso frente a mí un atardecer nuclear. El atardecer nuclear era la cobertura de colorante alimenticio de la tarta de fresa del postre. Cuando la camarera enumeró los postres que había y yo escuché, entre el flan y la fruta del tiempo, tarta de fresa, la interrumpí y dije tarta de fresa. Quién rechaza tarta de fresa si está incluida en el menú de cinco euros, aunque no te gusten demasiado las tartas, quién rechaza una pequeña ofrenda, una prodigalidad del casero. Cuarenta segundos después la camarera puso frente a mí un atardecer nuclear.

No es un poema: el atardecer nuclear y la cobertura de colorante alimenticio de la tarta de fresa eran la misma cosa. Lo sé porque hace poco que vivo en el oeste, más cerca del atardecer y más lejos de las tartas. Antes vivía en el este y era al revés. Ahora conozco las dos orientaciones y puedo afirmar con buen criterio que la cobertura de colorante alimenticio de la tarta de fresa que la camarera puso frente a mí y el atardecer nuclear de las nueve y veinticinco a las nueve y veintinueve del mes de junio de esta del terraza del oeste de donde vivo eran la misma cosa. Es sorprendente. El colorante alimenticio capta mejor el atardecer que ningún impresionista, aunque también es verdad que los impresionistas no conocían nuestra alta tecnología de colorantes alimenticios ni tampoco lo nuclear, ni muchísimo menos lo que era un atardecer nuclear. El atardecer nuclear debe su nombre a su color. Es rosa incandescente, es rosa como el rotulador fosforescente rosa que usan los estudiantes sobre sus libros, rosa de plató. Ese rosa. Los impresionistas no tuvieron la suerte de ver este hermoso atardecer porque ese rosa es consecuencia de la contaminación. En tiempos de los impresionistas los rayos de sol al ponerse sólo atravesaban la atmósfera, pero ahora atraviesan la atmósfera y su abrigo de polución, y el resultado es el rosa nuclear representado en la cobertura de colorante alimenticio de la tarta de fresa que me sirvió ayer la camarera. Por lo demás, la tarta no era gran cosa.

Al día siguiente la camarera volvió a enumerar los postres y entre el flan y la fruta del tiempo volvía a estar la tarta de fresa, y volví a pedirla. Me pareció increíble que sobrara del día anterior porque, me había dado cuenta, la mayoría de los comensales que almorzaron a la misma hora que yo la pidieron, así que la proporción se habría repetido antes y después. No me pareció plausible otra liberalidad semejante por parte del casero en el lapso de un día, así que pensé que debía de ser una tarta de fresa enorme y me entusiasmaba imaginar la gran superficie reflectante de colorante alimenticio antes de trocearla: el lienzo del atardecer nuclear, la obra maestra del repostero impresionista. Me pregunté también si el repostero sería consciente de su cuadro o si usaba los colorantes de manera aleatoria. No sabría decir cuál de las dos posturas me parecía más fascinante. O quizás había prejuzgado al casero. Quizás quería compensar así la subida del alquiler, quizás estaba enamorado y era correspondido.

Esta segunda vez observé el colorante alimenticio de mi pedazo. Contemplé con entusiasmo las degradaciones del rosa, hice largas pausas entre una cucharadita y otra mientras rememoraba el atardecer nuclear del día anterior, apabullado por su identidad con el colorante alimenticio de la superficie de la tarta de fresa, feliz de ser testigo de esta singular confabulación de la repostería y el cosmos. La tarta estaba tierna, nada reseca, lo que confirma que el casero o nos estaba compensando o estaba enamorado y era correspondido. En lo que a mí respecta se había ganado mi simpatía, porque lo que no tiene precio es que una camarera te ponga dos días seguidos un atardecer nuclear de postre. Para alguien que, como yo, viene de fuera, es un hecho simbólico. Significa que ha alcanzado lo cotidiano de su destino. Es un momento encantado ése de sentirse en casa, y dura poco. Tras él viene la rutina y se asienta, pero lo sublime de saberse amigo de las cosas, de predecir lo que viene, dura poco. Atravesar el patio y recibir el calor duro del mediodía, llegar al comedor y recibir el escalofrío del aire acondicionado y el saludo sonriente de la camarera, incluso a veces un escueto qué tal, es decir, que ya me conoce, y eso me carga de una responsabilidad que me gusta un poco y que es conversar un poco. Elegir entre los dos primeros y los dos segundos, comer despacio, así comen quienes son dueños de su tiempo. Escuchar tarta de fresa en la enumeración de los postres y no pedirla a veces pero saber que está ahí, entre el flan y la fruta del tiempo, mirar los platos de la gente cuando salgo y ver los brillantes pedazos de atardecer nuclear, como neones perecederos que se renuevan a las nueve y veinticinco, volver a mis asuntos y salir a la terraza a esa hora con una lata de cerveza.

Sin embargo hoy, que todavía es junio, que llevo aquí dos meses y que ya duermo del tirón, me ha sonado más a amenaza que a ofrecimiento eso de “hoy, si quiere, puede tener otra vez el atardecer en su plato”. Eché un vistazo en torno a mí. Los clientes se comían sus atardeceres con los ojos clavados en la televisión. La realidad me ha parecido inconmensurable y ajena, me ha abordado un sentimiento de finitud grotesco y absurdo, yo que no soy para nada existencialista, a mí que me gusta sentarme en la terraza y amar la contaminación que me da estos atardeceres inverosímiles de viejo technicolor, y compadecerme de los impresionistas por su mal momento. Bueno, qué va a querer usted, ha insistido la camarera. Tarta de fresa, he dicho, y cuarenta segundos después la camarera puso frente a mí un nuevo atardecer nuclear que he mirado con desasosiego, apuntándole con la cucharilla sin atreverme a más, hasta que me he resuelto a posarlo en una servilleta, llevármelo a mi habitación, meterlo en la neverita y esperar las seis horas que faltan hasta las nueve y veinticinco, sacarlo de la neverita e ir a sentarme en la terraza. Entonces compararé, aunque no hace falta porque ya sé que la coincidencia es absoluta, pero voy a hacerlo de todas formas para dejarme aleccionar, para recibir el dedo índice y el ya te lo dije, y si la coincidencia es absoluta, como será, volveré a mi casa del este.







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